Lugares de silencio dedicados a la salvaguarda del saber humano de siglos, concentrado en palabras impresas, en libros. Espacios de estudio donde acudir a hacer los deberes de clase, a memorizar los temas para el próximo examen o consultar una enciclopedia, gobernados por personas de mediana edad cuyo papel es que la palabra impresa prevalezca sobre la oral, al menos en esas cuatro paredes. Esa es posiblemente la imagen que tenemos muchos ciudadanos de las bibliotecas, o al menos la que aprendimos de nuestros padres, de nuestra educación. ¡Nada más lejos de la realidad!
Las bibliotecas llevan años y años cambiando, adaptándose al nuevo panorama informativo, donde la tecnología a sustituido al papel como canal. Porque las bibliotecas tratan de eso, de información, y no de libros, como quizás hayamos pensado en más de una ocasión. El avance de las ciencias de la computación en los años setenta del pasado siglo les hizo involucrarse en la espiral de automatización que llega hasta nuestros días, y los viejos catálogos de fichas fueron sustituidos por catálogos automatizados, consultables hoy a través de la web. El préstamo de materiales audiovisuales (música, películas, programas de ordenador…) se sumaba al de libros en los noventa, y a finales de esa década el desembarque de Internet les ponía en jaque no sólo por estar presentes, sino también por incorporar la información en la red a sus recursos, y la Web 2.0 les ha abierto a la participación ciudadana.
Hoy las bibliotecas y los bibliotecarios se enfrentan a retos decisivos como el libro electrónico y la explosión informativa de la web, y están dejando paulatinamente de ser meros espacios de recogimiento para dar paso además a zonas de integración y socialización donde celebrar actividades (clubes de lectura, encuentros con autores, charlas, juegos…) que propicien la socialización de la lectura, algo imprescindible para su fomento, y acerquen a los más jóvenes a la realidad cultural de nuestros días. Y de ello dan fe los nuevos edificios, espacios modernos, amplios y polivalentes, donde las estanterías y las mesas de estudio no son los únicos habitantes, y a los que se llega también desde cualquier lugar del mundo, en cualquier momento y sin necesidad de viajar, a través de la web.
Ante este escenario de cambio continuo, uno de los elementos que se ha demostrado clave es la cooperación bibliotecaria, que tiene por objeto maximizar recursos. No es una nueva receta, pero viene a tomar especial interés gracias a las posibilidades de las tecnologías y en el momento de crisis económica actual, que tanto está afectando a las administraciones. Compartir recursos entre bibliotecas del mismo tipo —bien a través de consorcios, como hacen las bibliotecas universitarias, estableciendo acuerdos unas con otras, o de redes, como las bibliotecas públicas, que distribuyen sus equipamientos por ciudades, provincias o comunidades enteras— o diferente, como es el caso de las bibliotecas integradas, bibliotecas escolares que abren sus puertas a toda la ciudadanía, convirtiéndose así en bibliotecas públicas y ahorrando al municipio los costes de un nuevo equipamiento y su mantenimiento.
También hay buenos ejemplos de cooperación internacional, como los que relata María Antonia Carrato Mena, subdirectora general de Coordinación Bibliotecaria del Ministerio de Cultura en el último número de la revista El Profesional de la Información, el en que varios expertos reflexionan sobre el tema e intercambian experiencias. La participación en proyectos internacionales como Hispana (directorio y recolector de colecciones y recursos digitales) o Europeana, en el que España aporta colecciones digitalizadas. «Las posibilidades que una red bibliotecaria bien articulada —afirma Carrato— son importantes, ya que pueden traducirse en oportunidades para la resolución de la brecha digital; la cultura; la educación; la investigación; la formación a lo largo de la vida; la creatividad; la innovación y la participación ciudadana».
«Solo no puedes, con amigos sí». Este lema, que se repetía a menudo en el popular programa de los años 80 La Bola de Cristal, bien podría ser también el lema para las bibliotecas del siglo XXI.
Natalia Arroyo
El Profesional de la Información
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