Un paseo por la capital colombiana entre hombres con los bolsillos llenos de esmeraldas, animales fantásticos más listos que el hambre y un tipo con una idea sencilla y revolucionaria; llenar las veredas de burros cargados con libros para los niños.
Los cuy, pequeños animales mitad ratón, mitad conejo que parecen salidos del mundo mágico de García Márquez, me hicieron detenerme en el lateral de una iglesia de Bogotá. Había montado un juego. Apuestas por un color de los que hay en el suelo y el animal tiene que entrar en ese color. Imposible acertar. Son más listos que el hambre. A pocos metros, tras una puerta pequeña aguarda uno de los retablos más impresionantes imaginables. Se encuentra en la iglesia de San Francisco, a la que acuden cientos de feligreses a diario. Pese a no ser día festivo, los bancos se encontraban abarrotados de gente rezando.
Al atravesar la plaza de Santander está el Museo del Oro. Es obligado pasarse unas cuantas horas o acudir varias veces si hay oportunidad, porque lo que uno descubre es la historia de un país a través del preciado metal. En este pequeño lugar se encuentra la colección más importante de piezas precolombinas de oro del mundo, piezas de cerámica, huesos y textiles. En cada caja de cristal la nariz se queda pegada ante la belleza que se despliega ante los ojos.
A escasos metros del Museo del Oro, una plaza abarrotada de hombres invita a pensar en un país árabe. Pero esto es el centro de la ciudad de Bogotá. Y una se siente un poco extraña -y envidiosa, por qué no admitirlo- entre ellos. Sus bolsillos están llenos de esmeraldas y fajos de billetes. Son esmeralderos y bajan los sábados a la ciudad para tratar sus negocios.