Es mediodía y la biblioteca Jaume Fuster, la joya de la corona de la plaça Lesseps de Barcelona, está hasta arriba de gente. Y al menos una sesentena de usuarios está enchufada a un ordenador. La biblioteca, inaugurada hace cuatro años, es un éxito. Joaquín Rodríguez no la conocía y le ha sorprendido gratamente. El sociólogo y editor, autor de varios libros y del blog Los futuros del libro , ha venido para coordinar algunos de los debates que integran las jornadas Els futurs de la biblioteca pública, organizadas por el Ayuntamiento y Biblioteques de Barcelona.
Casi un tercio de los usuarios que hay ahora en esta biblioteca está utilizando los ordenadores del centro o sus propios portátiles. Es un síntoma.
Hasta hace poco, las bibliotecas eran lugares tranquilos, reflexivos, casi autistas y sencillos de administrar donde se catalogaban las materias, se ordenaba el mundo, el conocimiento, y se esperaba que los usuarios, los lectores, demandaran los contenidos para proporcionárselos. Y el propio espacio de la biblioteca encarnaba esa idea: espacios de lectura, con pupitres individuales, con flexos, para que la gente se volcara sobre los textos. La revolución digital nos trae una expansión hacia otras formas de mediación y acceso al conocimiento, y a la biblioteca no le queda más remedio que transformarse. Ya no puede seguir siendo sólo un lugar donde coleccionar libros. Tienes que dar cabida a otras formas de acceso a la realidad: textos digitalizados, libros electrónicos, vídeos, grabaciones. Y el espacio tiene que transformarse en función de eso. Y cada vez más es obvio que los usuarios se tienen que integrar de alguna manera en la gestión de ese espacio.