Milagros del Corral: una atípica funcionaria amante de los retos

MIENTRAS sus amigos apenas sabían lo que era un libro, con sólo cuatro años Milagros del Corral ya empezaba a flirtear con ellos. Pero fue casualidad. No le gustaba la sopa, así que sus padres la castigaban de cara a la pared cuando se rebelaba. Lo que no sabían es que, más que un castigo, aquello suponía para ella «una maravillosa compensación», ya que las paredes de su casa estaban llenas de libros. Aprendió a juntar las letras en los lomos de aquellas obras. «Recitaba poemas y organizaba funciones en mi casa. Era una niña repelente, pero me lo pasaba muy bien», recuerda. Aquello marcó su destino.

Y eso que, en un principio, se veía como pianista. De hecho, es profesora por el Real Conservatorio de Música de Madrid. «Me di cuenta de que no tenía el suficiente talento para hacer de eso una carrera profesional seria», considera quien, a pesar de todo, con trece años ofrecía cada semana recitales en la radio. No le bastó y pensó: «Tengo que buscar otra cosa en la que el porvenir resulte más claro». Y, como no podía ser de otra forma, se encaminó al sector literario. Hoy, a Milagros del Corral le resulta «imposible imaginar un mundo sin libros». Más de cuarenta años en el gremio la avalan. Y continuados: «Como no he tenido hijos, ni siquiera he disfrutado de permisos de maternidad».

Ahora es directora de la Biblioteca Nacional, pero comenzó como auxiliar de bibliotecas. Luego fue bibliotecaria en Alemania. Allí estuvo once años, y hasta se casó con un alemán. Porque, como confiesa, nunca ha tenido un novio español. «Soy una ciudadana global antes de tiempo», dice. De hecho, su marido actual es colombiano. Gracias a él ha podido sentirse una «especie de Heidi» en su casa del campo, con caballos... «Me encanta ese contraste entre el Madrid urbano y la finca idílica de Colombia», reconoce Del Corral, que no profesa eso de 'en casa del herrero cuchillo de palo'. Ha perdido la cuenta de los libros que tiene. Algunos, por partida doble. Y es que su vida ha girado en torno a ellos, «y no va a cambiar».

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